En nuestro país, se presenta, desde inicios del siglo XX,
el fenómeno de la producción de drogas y su tráfico hacia los Estados Unidos.
Al principio México no penalizaba esta actividad, y no fue hasta el año de 1916
que se promulgo la primera prohibición de traficar con productos opioides.
En los años veinte surgieron leyes federales que
prohibían el cultivo y comercio de marihuana y adormidera. Durante los años treinta,
la presión estadounidense por expandir su política punitiva respecto a las
drogas psicoactivas continuó, en perjuicio de estrategias alternativas que
entonces apoyaba el gobierno mexicano, que encuadraban fundamentalmente el
problema como un asunto de salud pública.
En consecuencia, a partir de esos años, pero con mayor notoriedad,
desde la segunda mitad de los cuarenta, el fenómeno comenzó a recibir un trato
esencialmente limitador. A partir de 1947, el control de la producción y
trasiego de drogas ilegales se adjudica formalmente a la Procuraduría General
de la República. Sin embargo, como extensión de la lógica funcional de un
régimen afecto al frecuente divorcio entre normas y prácticas, el control efectivo
se otorgó a la Dirección Federal de Seguridad.
Hasta 1947, el vínculo de protección entre autoridades públicas
y traficantes de droga, se limitaba generalmente a esquemas de alianza entre
gobernadores de entidades fronterizas y delincuentes. A partir de 1947, y con
un crecimiento exponencial a partir de los años setenta, la protección de mayor
importancia respecto al tráfico de drogas se ha asentado fundamentalmente en
las estructuras de seguridad federales. A ello han contribuido por igual el
hecho de que el tráfico de drogas sea un delito federal y que la logística
necesaria para el mismo rebase generalmente los límites estatales, por lo
menos, hasta que el negocio ilegal tuvo como mercado principal el
estadounidense.
A finales de los años sesenta, el consumo de drogas se
había incrementado notablemente entre los jóvenes de clase media de los Estados
Unidos, motivado por la expansión de un movimiento contracultural y las
secuelas de adicción que generó el amplio uso de enervantes por parte de las
tropas estadounidenses en la guerra de Vietnam. México era, en esos años, un
proveedor importante de marihuana y goma de opio para el mercado
estadounidense.
El gobierno de ese país, cada vez más presionado por su propia
opinión pública, trasladó la presión hacia su homólogo mexicano. En 1968, durante
la campaña presidencial estadounidense, el candidato Richard Nixon retomó
dentro de su discurso el combate a las drogas. En 1969, ya como presidente, Nixon
puso en marcha una denominada Operación Intercepción, destinada a presionar al
gobierno mexicano para que éste prestara una mayor colaboración en el combate
al tráfico de drogas. Esta operación mantuvo prácticamente cerradas la frontera
entre Tijuana y San Isidro por tres semanas, durante el otoño de 1969.
La respuesta del gobierno de México fue incrementar su esfuerzo
en la erradicación de cultivos de marihuana y amapola. En 1975 el presidente
Luis Echeverría inaugurara la denominada Campaña Permanente de Lucha Contra las
Drogas del gobierno mexicano, que implicó el uso de tecnología para la
ubicación y destrucción de plantíos y la puesta en marcha de la Operación Cóndor,
que contó con la participación de 10 mil efectivos militares.
En el periodo que transcurre entre finales de los setenta
y mediados de los ochenta, concurren diversos factores que habrán de favorecer
la expansión del narcotráfico en México. El primero es el incremento de la
demanda de narcóticos que tiene lugar en
Estados Unidos. El segundo es la
dispersión de los narcotraficantes, radicados originalmente en el estado de
Sinaloa, hacia diversas partes del territorio nacional, a partir de la
ejecución de la Operación Cóndor. El tercero es la modificación de las rutas internacionales
de tráfico de cocaína, que a partir del fortalecimiento de la vigilancia de las
fuerzas de seguridad estadounidense sobre las costas sudorientales de ese país,
por dicha razón los narcotraficantes se vieron obligados a adoptar nuevas vías
de tráfico con las que habrían de pasar con mayor intensidad por territorio
mexicano.
Esto obligó al establecimiento de acuerdos entre
traficantes sudamericanos y traficantes mexicanos, quienes hasta el momento
habían comerciado principalmente marihuana y heroína, y a partir de entonces,
habrán de hacerlo también con cocaína. El cuarto es el incremento de la participación
de las estructuras de seguridad mexicanas en la articulación del negocio
ilícito, según se pudo apreciar con los testimonios recopilados en
investigaciones propias.
A comienzos de la década de los ochenta, el tráfico de cocaína
constituye una fuente de ingresos ilegales sin precedente en las estructuras de
seguridad mexicanas, ya integradas a un esquema de corrupción importante, según
se puede apreciar con lo expuesto hasta aquí, pero inmersas, en ese nuevo
periodo, en un flujo de dinero ilícito nunca antes visto.
Los montos de la
corrupción prevalecientes en las instituciones mexicanas no se comparan con aquella
generada a partir del ingreso masivo de cocaína al territorio nacional, que
podían exceder considerablemente el propio presupuesto de una institución
federal como la PGR. Fue precisamente el incremento de la circulación de
recursos procedentes de la droga sudamericana el factor que multiplicó la corrupción
ya existente en las instituciones de seguridad nacionales.
A mediados de los ochenta, la policía más poderosa del régimen
era la Dirección Federal de Seguridad, que una vez desarticulada la subversión
de los años setenta, entró de lleno a combatir formalmente el narcotráfico. El
resultado fue totalmente contrario a las expectativas establecidas
oficialmente. En vez de combatir al narcotráfico, la DFS colaboró directamente
en su reestructuración, tras la dispersión resultante de la Operación Cóndor.
Es en estos años que ocurre la primera etapa de centralización
amplia del control del negocio ilícito del narcotráfico, donde la Dirección
Federal de Seguridad desempeñó un papel fundamental en la extorsión de las
organizaciones delictivas dedicadas a esta actividad. La desaparición de la DFS
puso fin a un periodo de las relaciones entre criminales organizados y funcionarios
públicos, enmarcadas en un esquema centralizado. Culminó así el primer momento
de alta centralización del negocio ilícito del narcotráfico, donde los cuerpos
de seguridad del Estado desempeñaron un papel fundamental en la articulación
del mismo.
Tras la desaparición de la DFS, la Procuraduría General
de la República se constituyó como el principal punto de contacto del Estado
con la delincuencia organizada dedicada al tráfico de drogas. Entre finales de
los ochenta y 1991, de acuerdo con diversos testimonios obtenidos, tuvo lugar
una nueva centralización del negocio ilícito. Este proceso implicó la
redefinición de la mecánica operativa del tráfico de drogas, que ya para
entonces vinculaba directamente a las organizaciones colombianas y mexicanas.
Desde la segunda mitad de la década de los noventa,
comienza a transitarse hacia un nuevo esquema en los vínculos de contubernio
entre funcionarios públicos y delincuentes dedicados al tráfico de drogas
ilícitas, donde estos parecen ya más atomizados y variables. No se aprecia ya
una línea de predominio o patronazgo incuestionable.
La estructura de protección centralizada, que había
operado durante los años precedentes, colapsó simultáneamente al desarrollo de
una confrontación de poder en la cúspide del entramado político. En el mundo
del tráfico de drogas, el correlato fue la vertiginosa pérdida de poder y
virtual desaparición de una organización delictiva que cobró auge en el periodo
anterior –la de Juan García Abrego, en el Golfo– y en el lento pero constante ocaso
de otra poderosa organización: la de Amado Carrillo.
La transformación política del país, a partir del año
2000, con la alternancia en la titularidad del poder ejecutivo, ha tenido por efecto
secundario, indeseable e imprevisto, la fractura de la propia capacidad de las fuerzas
de seguridad del Estado para actuar como mecanismos más o menos homogéneos y cohesionados,
ya no digamos para aplicar la ley, sino incluso, para ejercer el control
directo sobre la criminalidad organizada con fines distintos.
Tras la alternancia en el poder, ocurrida en 2000,
diversos acontecimientos han mostrado un cambio notable en la correlación de
fuerzas entre funcionarios y delincuentes en el establecimiento de vínculos de
contubernio y protección. Las evidencias muestran que estos vínculos han
perdurado. Sin embargo, se aprecia cada vez más una menor disposición de los
delincuentes de mayor relevancia a aceptar sin más la tutela del poder.
En el año
2000 había más de cuatro millones de adictos en Estados Unidos de América y
cerca de treinta y cinco millones de consumidores esporádicos, un enorme mercado que
los carteles mexicanos han buscado satisfacer. En el 2011 se reportaron
alrededor de 35,000 asesinatos ocasionados por la guerra contra el narco. La
(CNDH) Comisión Nacional de los Derechos
Humanos ha alertado sobre el aumento de quejas recibidas por
esta cuestión.
En Estados Unidos de América existen grandes redes criminales que
pactan con los narcotraficantes mexicanos, colombianos y otros países productores en
América, Asia y África,
a fin de satisfacer la demanda de
drogas de una de las sociedades que
consume más estupefacientes en el mundo.




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