La problemática delictiva en México no es
nueva pero en años recientes ha experimentado un alza significativa. Pese a la
importante incidencia de delitos comunes como el robo y la violación sexual, la
principal fuente de violencia y de percepción de inseguridad en el país
proviene de las actividades de la delincuencia organizada y de la política de
seguridad implementada a fin de combatirla durante el pasado sexenio
(2006-2012)
México vive
un proceso de desbordamiento del crimen organizado que todos los
días amenaza la paz y la tranquilidad de la población y pone a prueba tanto la
fortaleza de sus estructuras de seguridad como la de sus instituciones
jurídicas y política.
Existen diversas causas de este crecimiento
desproporcionado de las actividades ilícitas organizadas, entre las cuales cabe
señalar:
a) la transnacionalización
creciente del crimen.
b) factores sociales, económicos
y demográficos internos.
c) una crónica impunidad y
deficiente comportamiento del aparato de justicia.
d) carencia de un marco normativo
adecuado para hacer frente a la delincuencia organizada desde la perspectiva de
seguridad ciudadana.
e) la posición geográfica de
México y la inserción del país en la globalización.
Si bien el crimen organizado ya existía
antes de la globalización, sus actividades se veían limitadas por las
dificultades que imponían las políticas monetarias y cambiarias de los Estados
nacionales y las restricciones a la circulación de divisas. La desregulación de
los mercados financieros y el surgimiento y expansión de los paraísos fiscales
facilitó la monetización de las ganancias del crimen organizado en divisas
convertibles y fue un estímulo gigantesco a su empresarización. Hoy el mercado
mundial de la droga supera en valor al del petróleo y en los paraísos fiscales
hay depósitos que equivalen a 15 por ciento del PIB mundial y a más de 40 por
ciento de la riqueza financiera global.
Lo anterior se combina con
factores internos que facilitan la operación de la delincuencia organizada en
países como México, que en los últimos cuarenta años fue escenario de
importantes cambios demográficos y económicos que el Estado no supo sintonizar,
armonizar ni potenciar. Junto a la transformación demográfica de México, se
cambió de un modelo económico industrialista basado en la expansión del mercado
interno a un modelo comercial fundado en el dinamismo de las exportaciones. Los
resultados de ese modelo han sido buenos para las exportaciones, pero la transmisión
de los impulsos dinámicos de la economía exportadora al conjunto de la economía
ha sido muy débil.
Adicionalmente, el país no cuenta
con las normas legales y buenas prácticas de gobierno establecidas en la
normatividad internacional a la que se ha obligado en materia de corrupción y
crimen organizado. La Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia
Organizada Transnacional (conocida como la Convención de Palermo), ratificada
por México el 4 de marzo de 2003, define a la delincuencia organizada como: “un
grupo estructurado de tres o más personas que exista durante cierto tiempo y
que actúe concertadamente con el propósito de cometer uno o más delitos graves
o delitos tipificados con arreglo a la presente Convención con miras a obtener,
directa o indirectamente, un beneficio económico u otro beneficio de orden
material”.
No obstante, el concepto de
delincuencia organizada que está vertido en la Constitución mexicana no
corresponde al estándar internacional, inscrito en la Convención de Palermo. En
la Constitución, la delincuencia organizada se define como: “… una organización
de hecho de tres o más personas, para cometer delitos en forma permanente o
reiterada, en los términos de la ley de la materia”.
Así, podemos
decir que en México se libran actualmente tres guerras de intensidades variables. Dos de
ellas estarían relacionadas con el comportamiento de los cárteles de
narcotráfico al interior y entre ellos (una entre grandes cárteles y otra entre
bandas delictivas de narcomenudeo en localidades), y la tercera es la que
despliega el actual gobierno federal.
Es
probablemente que alrededor y entre estas guerras, el papel de las
autoridades locales (gobernadores, alcaldes, cuerpos de seguridad locales)
tenga distintos niveles de involucramiento, lo cual está mediado por la
corrupción y la penetración del narcotráfico en dichos gobiernos.
Detrás de estos hechos, mostrados
como frías cifras de la “guerra contra la delincuencia organizada” o, en
algunos casos, etiquetadas bajo la desatinada figura de “daños colaterales”,
hay un fuerte impacto social en sus familias, en su entorno social y una
característica común: la impunidad.


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